Nunca imaginaría que un fisioterapeuta como yo terminaría, en sus ratos libres, buscando parte de las respuestas sobre el dolor en textos de filosofía de la mente. Ahora, en cambio, no entiendo como se puede ser sanitario, trabajar con personas (y su dolor)… y pensar que todo lo que cuente a continuación no va con nosotros.
Sólo creo en una fisioterapia basada en la ciencia. La evidencia nos hace avanzar. Pero la ciencia también tiene creencias, ideología, límites… es decir, está atravesada por la filosofía. O la filosofía atraviesa la ciencia.
Las posiciones que tomamos respecto a un tema no son buenas o malas. Son posiciones. Ni más, ni menos. Pero tienen un riesgo muy grande: no ver más allá. La fisioterapia no es ninguna excepción. El mundo sanitario, tampoco.
Siempre digo que la clínica (o camilla) nos pone en su sitio. A todos. El paciente con dolor, también. Cuando fracasas (o cuando tienes éxito) tienes dos opciones: o miras a otro lado o analizas qué puede estar ocurriendo. Siempre suelo optar por la segunda. Y eso supone empezar de 0.
¿Qué es el dolor? La definición oficial dice que es una experiencia sensorial y emocional, un emergentismo de la conciencia. Desagradable (no siempre), que produce sufrimiento, discapacidad y secuestra la atención del que lo experimenta.
Si el dolor tiene que ver con la conciencia, tiene que ver con la filosofía. Si es una sensación, tiene que ver con el cuerpo. Si es una percepción, tiene que ver con las diferentes evaluaciones que hace el paciente o su mente. En la propia definición vemos la primera divisoria.
¿Si me duele la zona lumbar, por ejemplo, tiene ese dolor algo que ver con mi mente? ¿o tiene que ver con mis vértebras, músculos, ligamentos…? ¿cambia el origen de ese dolor si llevo unos pocos días con él o lo arrastro años?
Hay pacientes y sanitarios que se posicionan creyendo que ese dolor lumbar tiene que ver con su mente o cerebro. Es, de echo, la posición más de moda para explicar el dolor: el evaluativismo. En el artículo “Consciencia y dolor: una mirada desde la fisioterapia (E Fondevila-Suárez et al., 2023)” nos cuentan que el evaluativista cree que el dolor “es siempre una percepción, pues está atravesado por un conjunto de creencias”. El dolor de estos pacientes sería algo “construido” por su sistema (o cerebro). Para aliviarlo, el paciente debería “desaprender” ese dolor. No atenderlo o, simplemente, bajar la alerta. Las RRSS están inundadas del “libre albedrío”: si quieres, puedes moldear, cambiar. En el caso del dolor lumbar el paciente podría deshacerse de él con un “trabajo mental”. La práctica clínica se ve empapada por estas creencias: consejos cerebrales, terapias de “si quieres puedes”, cerebrocentrismo o recordatorios como “trabaja en uno mismo”.
La teoría representacionalista rival es el imperativismo. El artículo explica que el dolor, en este caso contrario, tiene que ver con “una sensación (painfulness) y por tanto no es posible modificarlo cognitivamente”. Tiene que ver más con lo que ocurre en el cuerpo. El paciente común está más familiarizado con esta explicación de su dolor: si me duele la zona lumbar, algo ocurre en la misma zona. El sanitario más imperativista aplica sus tratamientos con esa condición: ¿le duele la lumbar? Masajea la zona, date una crema y ponte calor. ¿Sigue con dolor? Tómate un fármaco. ¿Aún se mantiene? Infíltrate o entra al quirófano. Dice el artículo que este posicionamiento estricto “es por todos conocida, lamentablemente… por parte de muchos profesionales sanitarios”.
Ahora podeis analizaros, ser autocríticos y pensar: ¿Soy evaluativista? ¿Soy imperativista? Es importante, porque cada vez que una persona os cuenta sobre su dolor lumbar los consejos estarán determinados por esta divisoria. Mente o cuerpo… quién sabe.
La influencia es tal que las profesiones sanitarias como la medicina, enfermería, psicología, fisioterapia también están posicionadas. Dentro de cada una, hay quién cree en una corriente u otra. Y que decir de las terapias no sanitarias como la osteopatía, quiropráctica… y terapias alternativas. Éstas no son personas que aplican técnicas diferenciales, son modos de pensar y actuar en base a unas creencias.
Dice Eduardo Fondevila (autor del artículo y uno de los pensadores con más nivel del panorama nacional) que realmente no tratamos el dolor de nadie. Intentamos, en la medida de lo posible, trabajar sobre las traviesas que atraviesan la experiencia de dolor de una persona. Éstas a veces tienen que ver con el cuerpo, otras veces con las emociones… o hasta con problemas sociales o conductuales. Si conseguimos tocar la palanca adecuada… podremos apagar el sistema del dolor.
Si tuviera que mojarme, me considero un sanitario que cree en el dolor como algo que tiene que ver más con el cuerpo. O la persona. En el caso de la lumbar, relaciono el dolor con sus nervios, discos, ligamentos, inflamaciones… Desde luego, no sólo con el cerebro o mente.
Creo, después de atender unos cuantos pacientes de todo tipo de dolores, que Edu está en lo cierto: el dolor no es “algo” que se toca o se desaprende. Es algo que trabajamos indirectamente, cada uno, desde su parcela. Creo que hay pacientes que responden mejor a estrategias “evaluativistas” y otros a las “imperativistas”. Ahí está el arte, en buscar el paciente respondedor.
Lo que está claro es que si conoces tu postura, eres flexible y escuchas opiniones más variables, entenderás mejor a tus pacientes (y, por lo tanto, a la experiencia tan apasionante de su dolor). Y, lo más importante, podrás razonar críticamente cuando escuches «consejos» tajantes sobre el dolor que están tan de moda.